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Noche de comedia

1:37. En mi habitación, los números en rojo del despertador son la única luz. Sudores fríos por mi frente, piernas en tensión y el torso recto. Me cuesta respirar. Jamás había pasado un rato tan malo. Nunca había tenido tanto miedo. Decido levantarme a por un vaso de agua, mientras por el camino recuerdo, no sin varios escalofríos, las imágenes que surcaron mi cabeza y atravesaron mi placentero sueño. ¿En qué cabeza cabría semejante locura?
Salgo por fin del poblado. Me cuesta respirar. Echo la mirada atrás, y todo ha desaparecido. Nada de lo que había estado huyendo hace escasos segundos existe. ¿Dónde coño están esos payasos?
Un camino de tierra se me presenta delante. La escena es muy similar a cualquiera de las que he visto en esas películas del oeste de mi abuelo: dos hileras de edificios, todos ellos de madera, son los bordes de este sendero. Ni un alma parece habitar esta especie de ciudad. Solo el viento y la luna se atreven a aparecer en este lugar. Pero eso no es lo que más mi…

Raúl, Paco y el perro

Estaba siendo una mañana tremendamente aburrida. No había sucedido absolutamente nada. Ninguno de los dos policías allí presentes recordaban si alguna vez aquel lugar había estado más tranquilo. Parecía de película.
Treinta años con la placa enganchada en la camisa llevaba Paco. Las canas adornaban su cabeza en las zonas donde el pelo aún no había desaparecido. Era un hombre serio, no le gustaban las bromas, y menos aún en el trabajo. Por eso aquel día era casi perfecto: tranquilidad a raudales, con la única preocupación de que el café no se le quedase frío.
Por el contrario, Raúl era puro nervio. No paraba quieto, siempre quería hacer cosas. Novato total, con apenas quince días en el cuerpo, seguía creyendo en la labor policíaca épica de las películas. Y nada ni nadie lo sacaban de ese pensamiento.
-Paco y Raúl, a patrullar. Para no hacer nada aquí, por lo menos que os dé el aire- el comisario lo dejó claro. Todo el mundo fuera de sus dominios.
Acabando el café a toda prisa, y resignado …

52 relatos en 2018

Vuelvo a escribir en el blog (lo había dejado bastante abandonado) para intentar completar el reto de Literup. 52 relatos, uno para cada semana de este 2018 que empieza. Espero escribir mucho, bien y volver a disfrutar delante del teclado. Aquí dejo las condiciones que cada relato debe seguir,  a modo de índice y tener todos los relatos juntos.. Y ahora, a escribir...

El argumento de tu relato es tu chiste preferido: Raúl, Paco y el perro.¿Recuerdas tu peor noche? Cuéntala desde el final hasta el principio: Noche de comedia.Piensa en tu libro favorito e imagina un fanfic, pero con animales.Crea un relato sin adjetivos.Te toca escribir un relato de fantasía épica.Vete a tu diario (papel o digital) favorito y busca una noticia rara. Escribe el relato como si fueras uno de los protagonistas.Haz un relato ASMR para que tu lector se relaje leyéndolo. Suelen desarrollarse en entornos naturales, con cuentas atrás, descripciones muy detalladas y mucha sinestesia. Si estás un poco en blanco te …

Destino o Casualidad

No sabría definirlos. Probablemente ni ellos sabrían describir la situación que vivían.
¿Eran ciegos… o no querían ver lo que sucedía?¿Eran sordos… o preferían obviar los comentarios acerca de su relación?¿Se hacían los locos… o elegían esquivar un futuro inevitable? No sé qué les acabaría acercando, uniendo, haciéndolos uno; si la enorme fuerza del destino, o un simple golpe orquestado por la casualidad.
Nadie sabía que eran en teoría, hasta donde llegaba su cercanía; en la práctica, nada más allá de una cordial amistad. Eso era lo que se veía fuera, porque lo de dentro; ni ellos sabían que sentían por dentro.
Ella era la gran incógnita de su ecuación, porque las evidencias de él cada día eran más claras. El brillo en los ojos al tenerla delante, el ligero escalofrío a lo largo de la espalda cuando era ella quien iniciaba la conversación o el pequeño salto de su estómago al escuchar su nombre. Él dudaba que la chica sintiera lo mismo, pero le gustaba pensarlo. Le gustaba creer qu…

La Flor

No hace mucho compré una flor. La había estado observando mucho tiempo. Cada día. No sé si ella me llamó a mí; no sé si necesitaba que entrase en mi vida. Sólo sé que entró.       Al principio no pudo ser mejor. Aprendí todo lo necesario: cómo cuidarla, cuándo regarla, qué hacer para que creciese. Aprendí a quererla. Aprendí a convertirla en el centro de mi vida. Pasaba horas mirándola. No pasaban minutos sin que su imagen pasara por mi mente. Era la base de mi vida; me hacía ser quien era; me definía. Por momentos, éramos solo uno. Y no podía estar más feliz de que aquello fuera así. Pasaron los meses. Mi amor por la flor no decaía, mi brillo en los ojos no se apagaba y las mariposas del estómago no dejaban de revolotear. Seguía plenamente enamorado de aquella flor. No podía estropearse. Todo va perfecto. Inquebrantable. Irrompible. Fuerte y duradero. Como en cualquier jardín, había otras macetas. No puedo negar que también eran bonitas. Agradables. Necesarias. Pero ninguna me hacía…